Murray Halberg un simple mortal
Arturo Xicotencat
El destino tiene los mismos rostros que las abejas en un panal: tan iguales y tan diferentes. La vida tiene un sentido para cada hombre o puede no tenerlo. La chispa de la motivación enciende el espíritu y la grandeza se logra por diferentes caminos. La mayoría abraza el deporte como un vehículo lúdico, placentero, otros lo toman por necesidad y requieren de una voluntad acerada y un gran espíritu de lucha. Murray Halberg practicó el atletismo para huir de la invalidez de por vida.
De pequeño, como a la mayoría de los neozelandeses, le atrajo el rugby, un deporte recio, de choque. Tenía 17 años de edad cuando, durante un partido, sufrió una grave lesión que lo puso en riesgo de quedar discapacitado de por vida.
Atrofiado del brazo izquierdo su energía lo empujó a practicar el atletismo. En su rehabilitación reaprendió a caminar y luego a trotar y correr. Dos años duró este período. Se puso en manos del célebre entrenador Arthur Lydiard, aquel mago que levantaba infartados de los hospitales y los hacía correr el maratón.
La tenacidad de Murray Halberg, nacido el 7 de julio de 1933 en Eketahuna, Wellington, lo llevó a correr 4.04 en la pista de Vancouver, en los Juegos del Imperio Británico. Tenía 20 años y ocupó el quinto lugar. Mejoró su marca personal en ocho segundos.
Su resistencia la edificó en el famoso circuito de Waiatarua y corriendo entre dunas, montes y terracería. Ahí espoleó su espíritu bajo los rayos solares, el calor, la lluvia.
Su esfuerzo obró prodigios. En los Juegos Olímpicos de Melbourne en 1956, a los 23 años, se colocó en el undécimo lugar en los 1,500 metros lisos que ganó el irlandés Ron Delany.
Su posición y la atmófera de la década de los 50 con atletas tan notables como Emil Zatopek, Michel Jazy, Herbert Elliot y Roger Bannister le estimularon su voluntad de emulación.
Decidió probar fortuna en pruebas de mayor distancia. Ya en 1958 en los Juegos de la Commonwealth triunfó en las tres millas con un cierre sorprendente.
Alcanzó la grandeza olímpica en los Juegos de Roma 1960. En la prueba de los cinco mil metros lisos se mantuvo en el grupo puntero y de súbito en un sprint candente sorprendió a sus adversarios.
El cronómetro señaló 61 segundos para la última vuelta, algo extraordinario si consideramos que Bannister en la última elipse en la milla marcó 60.1.
Murray Halberg flaqueó en los metros finales, pero su ventaja fue suficiente para obtener el oro en 13.44.6. Superó al alemán demócrata Hans Grodotzki (13.44.6) y al polonés Casimires Zimmy (13.44.8).
Halberg diría: “Siempre imaginé que un campeón olímpico era algo más que un mortal, de hecho, un dios. Ahora sé que es un simple mortal”.















